Eran dos y siempre serían dos

Iba en el vagón número 2, silla 46, en uno de aquellos trenes que han recorrido los caminos férreos de la Alemania de todos los tiempos. Tenía los tiquetes listos sobre la mesa para cuando el inspector de tiquetes los pidiera.

Le reconfortaba la soledad en el tren, pues particularmente aquel día quería la compañía de sus propios pensamientos y sentir la intensidad de los latidos de su corazón, un poco agitado por lo sucedido.

Tenía también un libro sobre la mesa, pero sus pensamientos se perdían a través de la ventana, a la misma velocidad que los paisajes pasaban uno tras otro frente a sus ojos, dejando ver tan solo las siluetas de los árboles y el registro ondulado de las montañas.  

Allí iba él. Pensativo. Silencioso. Profundo. Y también preocupado por ella.  

Ella había regresado a casa justo antes de que el amanecer cubriera a la madrugada, había tomado una larga ducha caliente, urgiendo poder lavar las huellas del color perfecto de su piel, de su mirada llena de palabras y de misterios, de sus besos de aliento ardiente, con los cuales no era necesario tocarse los labios.  

No quería dormir en su habitación desde hace meses solitaria y fría por el invierno. Encendió entonces fuego en la chimenea y mientras bebía un fuerte café negro, sentada en el sofá de la sala, dejaba perder su mirada entre las llamas, oscilantes por el viento que sutilmente se colaba a través de la ventana.  

Exhorta, se preguntaba cómo había llegado al lugar en el que esa mañana habitaba su alma. Hasta el lugar en dónde lo sucedido aquella madrugada sólo tendría cabida en ese momento y no en ningún otro; confinándose a las paredes acabadas de una habitación helada, en una vieja casa berlinesa, que cobró vida fugazmente gracias al estallido armonioso de dos cuerpos ardientes.  

Ahora solo les quedaba recoger el mundo cotidiano que se habían atrevido a olvidar mientras bailando se descubrían. El mundo de la vida con otros amores, también profundos y hermosos, pero distintos; amores tranquilos y plenos. 

Habían pactado guardar fielmente su secreto, no compartir con otros los pormenores de esa energía única que ahora fluía entre sus vidas, que los había llevado a mirarse abismalmente para descubrir que eran dos y siempre serían dos.  

Por lo pronto, allí iba él a punto de llegar a su destino, después de un viaje hacia adentro, lejos de ella.

Allí estaba ella, terminando su café antes de regresar a la vida de siempre.

Tal vez en la clandestinidad se encontrarían de nuevo, como lo hacían aquella mañana mientras se recordaban.  

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