Este blog anida una colección de historias y poemas escritos al amor, a la vida y a la muerte, que tienen su génesis en el intercambio epistolar sostenido breve y fértilmente entre Rafael de Antigua y el Hada Candelaria hace casi una década.

El origen de sus cartas se forjó en El Ventorrillo, en donde junto al borrachero y a la sabiduría del Taita Cofán y del Yagé, ambos escritores encontraron un útero amoroso que los alojó y protegió hasta que ambos pudieron volar. Ella al otro lado del océano azul y él al interior de las montañas en su propia tierra.

Hoy el Hada Candelaria comparte su trabajo, deseando infinitamente que los lectores lo disfruten.

La Candelaria, Bogotá, Marzo de 2017

Manos

Recuerdo las mañanas de agosto que pasábamos en el solar de la casa, la manguera azul con la que simulábamos la lluvia de abril para refrescarnos del sol de las once, la sombra de la mata de coca con sus flores blancas y el té de sus hojas amargas preparado por la abuela para aliviar los dolores traviesos de la niñez.

Esa mañana habíamos estado las dos, mi hermanita y yo, jugando, sintiendo el vapor de la tierra caliente recién mojada y correteando también a las gallinas de mamá. Papá estaba con nosotras, resguardado del sol en el cuartito de los trastos viejos al final del patio, construido bajo la sombra del árbol de mango que desde el patio del vecino extendía sus ramas hacia nuestra casa y que se fundía con los helechos que mamá tanto cuidaba.

Allí estaba él, con sus gafas negras de marco grueso, sentado en la silla de mimbre café con sus herramientas en un escaparate de madera que él mismo había construido. Había sido ebanista y su destreza construyendo artefactos siempre me había causado fascinación. Me gustaba observar como sus manos oscuras, de venas prominentes, de textura suave y dedos largos le daban forma a pedazos de madera rústicos y sueltos.

Ese año le había tomado varias semanas terminar nuestra cometa, él era meticuloso y cuidadoso con sus creaciones. Había pasado algunas mañanas cortando y puliendo cuidadosamente las tiras de guadua que había incrustado una con otra para formar el esqueleto de la cometa redonda que este año había capturado su imaginación.

En la miscelánea del barrio habíamos comprado el papelillo transparente con el que la había forrado, al igual que la piola que él había escogido calculando la potencia de esta cometa cuya altura llegaba casi hasta mis hombros. La cola la había hecho de papel periódico para darle estabilidad y evitar que cabeceara mucho cuando se enredara en el viento.

Aquella mañana, le daba los toques finales a la cometa con la que iríamos a la loma a conquistar el cielo esa misma tarde. Allí sentado y embelesado, retocaba la enorme sonrisa roja de dientes blancos y radiantes que había pintado sobre el papelillo, usando las témperas y los pinceles que nos habían comprado para la clase de manualidades en la escuela.

Había sacado de su armario un guante nono de cuero negro que había guardado sin razón y que esta vez le ayudaría a protegerse la mano al dosificar la cantidad de cuerda que soltaría en la medida en que la cometa le pidiera más piola mientras ganaba altura.

Cuando finalmente terminó, emprendimos camino hacia la loma. Ello fue después del almuerzo y de las tareas escolares. Nos fuimos caminando de la mano, como lo hacíamos con frecuencia, me gustaba mucho cómo se sentía mi mano arropada por la suya. Él llevaba la cometa colgada en la espalda y yo llevaba la ilusión de verla volar.

Al llegar a la cima, papá buscó un lugar en donde nuestra cometa pudiera emprender su vuelo. Le preocupaba que se enredara con otras o que cayera sobre los árboles del bosquecito incipiente que separaba una colina de la otra.

Después de varios intentos y de pedirle ayuda a un adolescente que acompañaba a su papá y a su hermanito en una misión similar a la nuestra, la vimos alzar vuelo y rápidamente conquistó el cielo azul de agosto.

Por momentos el viento la agitaba bruscamente y empujaba a papá con fuerza, pero él era también un hombre fuerte y el guante negro le ayudaba a sostener la cuerda sin lastimar su mano.

Cuando la sintió estable y cadenciando suavemente, papá con sus manos grandes y firmes me ayudó a sostenerla. La cuerda se sentía pesada mientras la cometa flotaba indiferente al viento. Ambos sonreímos y no dejabamos de volar con ella, allá arriba cerca de las nubes y los pájaros.

Con el atardecer, bajamos la cometa. Papá lo hizo lentamente para que no cayera bruscamente y se rompiera. Yo mientras tanto recogía la piola como él me había enseñado para no enredarla. Le habíamos soltado todo el tubino que en total contenía 150 metros de cuerda gruesa.

Bajamos la loma caminando de la mano, él llevaba la cometa colgada sobre su espalda y yo llevaba la ilusión de haberla visto volar y de volver a elevarla en otra tarde de agosto. Tal vez el siguiente fin de semana, después del almuerzo, de las tareas escolares y de la lluvia de abril simulada en el solar de tierra caliente.

Esto fue hace ya 30 años. Los recuerdos llegan hoy mientras ojeamos los álbumes de las fotos familiares, sentados en la sala porque las piernas de papá ya no caminan y su memoria se ha quedado anclada en alguna parte de su vida. Desde la silla de ruedas pareciera ver pasar su presente contaminado de pasado, viviendo de recuerdos lejanos que no alcanzan a llevar a mi infancia y que han olvidado tal vez aquella cometa que nos hizo tan felices juntos.

Sin embargo, sus manos siguen siendo las mismas, cariñosas y protectoras, y aunque mi nombre parezca ajeno a su memoria, todavía me toma amorosamente de la mano y me acaricia, como cuando caminábamos juntos rumbo a la loma en aquellas tardes de agosto.

La Tundra

Mientras el polvo de estrellas nos ha bañado, nos ha invadido, nos ha acompañado, nos ha elevado, nos ha transformado, nos ha retado, nos ha dolido; nosotros ambos , transitamos del páramo (de aguas rebosantes y suelos fértiles, de vegetación densa habitada por tantos seres) camino hacia la tundra (de temperaturas heladas y secas, de vegetación escasa y dispersa, en donde la vida se convierte en soledad y lucha).

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La Guerrera

Hay una Guerrera que anda perdida entre las horas vacías de un quehacer que secuestra a sus trazos y a sus colores, a esos que brotan de sus cabellos y luego se convierten en historias animadas.

Hoy la Guerrera ha pasado al silencio y no se deja distraer por lo importante, por las calles saturadas de sombrillas, por las flores que en la lluvia esperan sin paciencia a la primavera, por los charquitos en el pavimento, por los zapatos mojados y rotos.

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El Sonido

Nada lo ha golpeado tanto como los eventos de aquel día con su noche.

El día que se condenó culpable porque lo era.

El día que le sigue y le persigue como si fuera casi su sombra.

El día que descubrió a la palabra que el corazón palpita y a la voz que el silencio encarna.

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Fantasmas

Nuestras vidas están colmadas de fantasmas, algunos distantes hechos de recuerdos sin memoria, otros pasajeros que llegan con las migraciones y las estaciones, otros que caminan con nosotros de la mano y se sientan al lado de la cama mientras dormimos tratando de olvidarlos. Fantasmas hechos de recuerdos, historias, lugares, anhelos y pesares.

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Si pudiera

Si pudiera dibujaría una a una las curvas de tu cuerpo, tus pestañas largas y engreídas, tus cabellos traviesos que entre mis dedos se pierden, tus manos ambiciosas que me abarcan toda, tus piernas fuertes que firmemente me sostienen, tu sexo erecto y hermoso que en mi cuerpo estalla y florece.

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Her and the Women / Ella y Ellas

Her and the Women

One of the women cooks what she likes, the food of the region she comes from, the food from the place where she was born, that has the taste of her people and her land, the food that reminds her of her home, that dining table, those plates used when there were visitors and the wonky chair.

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Mother Coca

I dreamt of you, you were dissolved within her.

Within her, you were ethereal and light, you were dry leaves floating with the wind into spirals of white smoke, awakened through her millenary and wise motherly spirit.

Within her, you embraced yourself with her wavy long black hairs, each one made of thoughts and profound reflection.

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Aquellos seres

Primera epístola del Hada Candelaria a Rafael de Antigua, escrita a pocas horas de haberlo conocido, en la madrugada de aquella noche en la que él llegó a su vida para quedarse definitiva e irremediablemente en ella.

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Hay seres con un profundo dolor por la vida, que liberan batallas más allá de este mundo, que han trascendido vidas y han mutado de manera extraordinaria. Seres incomprensibles para el mundo que los mira sin poder verlos.

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Ella

Era un día como cualquier otro en la vieja Candelaria, un día un poco gris, con el aire algo poluto y el sonido de las campanas marcaba el inicio de la vida nocturna en las calles.

Ella, tenía una leve sonrisa en el rostro, deseaba verlo, soñaba con el aroma de sus abrazos y con esos ojos pequeños de los que huía con frecuencia.

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