Manos

Recuerdo las mañanas de agosto que pasábamos en el solar de la casa, la manguera azul con la que simulábamos la lluvia de abril para refrescarnos del sol de las once, la sombra de la mata de coca con sus flores blancas y el té de sus hojas amargas preparado por la abuela para aliviar los dolores traviesos de la niñez.

Esa mañana habíamos estado las dos, mi hermanita y yo, jugando, sintiendo el vapor de la tierra caliente recién mojada y correteando también a las gallinas de mamá. Papá estaba con nosotras, resguardado del sol en el cuartito de los trastos viejos al final del patio, construido bajo la sombra del árbol de mango que desde el patio del vecino extendía sus ramas hacia nuestra casa y que se fundía con los helechos que mamá tanto cuidaba.

Allí estaba él, con sus gafas negras de marco grueso, sentado en la silla de mimbre café con sus herramientas en un escaparate de madera que él mismo había construido. Había sido ebanista y su destreza construyendo artefactos siempre me había causado fascinación. Me gustaba observar como sus manos oscuras, de venas prominentes, de textura suave y dedos largos le daban forma a pedazos de madera rústicos y sueltos.

Ese año le había tomado varias semanas terminar nuestra cometa, él era meticuloso y cuidadoso con sus creaciones. Había pasado algunas mañanas cortando y puliendo cuidadosamente las tiras de guadua que había incrustado una con otra para formar el esqueleto de la cometa redonda que este año había capturado su imaginación.

En la miscelánea del barrio habíamos comprado el papelillo transparente con el que la había forrado, al igual que la piola que él había escogido calculando la potencia de esta cometa cuya altura llegaba casi hasta mis hombros. La cola la había hecho de papel periódico para darle estabilidad y evitar que cabeceara mucho cuando se enredara en el viento.

Aquella mañana, le daba los toques finales a la cometa con la que iríamos a la loma a conquistar el cielo esa misma tarde. Allí sentado y embelesado, retocaba la enorme sonrisa roja de dientes blancos y radiantes que había pintado sobre el papelillo, usando las témperas y los pinceles que nos habían comprado para la clase de manualidades en la escuela.

Había sacado de su armario un guante nono de cuero negro que había guardado sin razón y que esta vez le ayudaría a protegerse la mano al dosificar la cantidad de cuerda que soltaría en la medida en que la cometa le pidiera más piola mientras ganaba altura.

Cuando finalmente terminó, emprendimos camino hacia la loma. Ello fue después del almuerzo y de las tareas escolares. Nos fuimos caminando de la mano, como lo hacíamos con frecuencia, me gustaba mucho cómo se sentía mi mano arropada por la suya. Él llevaba la cometa colgada en la espalda y yo llevaba la ilusión de verla volar.

Al llegar a la cima, papá buscó un lugar en donde nuestra cometa pudiera emprender su vuelo. Le preocupaba que se enredara con otras o que cayera sobre los árboles del bosquecito incipiente que separaba una colina de la otra.

Después de varios intentos y de pedirle ayuda a un adolescente que acompañaba a su papá y a su hermanito en una misión similar a la nuestra, la vimos alzar vuelo y rápidamente conquistó el cielo azul de agosto.

Por momentos el viento la agitaba bruscamente y empujaba a papá con fuerza, pero él era también un hombre fuerte y el guante negro le ayudaba a sostener la cuerda sin lastimar su mano.

Cuando la sintió estable y cadenciando suavemente, papá con sus manos grandes y firmes me ayudó a sostenerla. La cuerda se sentía pesada mientras la cometa flotaba indiferente al viento. Ambos sonreímos y no dejabamos de volar con ella, allá arriba cerca de las nubes y los pájaros.

Con el atardecer, bajamos la cometa. Papá lo hizo lentamente para que no cayera bruscamente y se rompiera. Yo mientras tanto recogía la piola como él me había enseñado para no enredarla. Le habíamos soltado todo el tubino que en total contenía 150 metros de cuerda gruesa.

Bajamos la loma caminando de la mano, él llevaba la cometa colgada sobre su espalda y yo llevaba la ilusión de haberla visto volar y de volver a elevarla en otra tarde de agosto. Tal vez el siguiente fin de semana, después del almuerzo, de las tareas escolares y de la lluvia de abril simulada en el solar de tierra caliente.

Esto fue hace ya 30 años. Los recuerdos llegan hoy mientras ojeamos los álbumes de las fotos familiares, sentados en la sala porque las piernas de papá ya no caminan y su memoria se ha quedado anclada en alguna parte de su vida. Desde la silla de ruedas pareciera ver pasar su presente contaminado de pasado, viviendo de recuerdos lejanos que no alcanzan a llevar a mi infancia y que han olvidado tal vez aquella cometa que nos hizo tan felices juntos.

Sin embargo, sus manos siguen siendo las mismas, cariñosas y protectoras, y aunque mi nombre parezca ajeno a su memoria, todavía me toma amorosamente de la mano y me acaricia, como cuando caminábamos juntos rumbo a la loma en aquellas tardes de agosto.

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