Ella y Ellas

Una de ellas cocina lo que a ella le gusta, la comida de la región de donde viene, del lugar en donde nació, la que tiene el sabor de su gente; de su tierra, la que le recuerda su casa, la mesa del comedor, los platos para la visita y la silla chueca.

Hoy en la distancia, la remembranza será parte de un ritual que las sanará, no solo a ella sino a todas, que fortalecerá esos lazos de poder femenino que las une, que las ha hecho fuertes, que afianza su intuición y su poder de luna.

Las otras empiezan a llegar, van directo a la cocina, empiezan a reunirse alrededor del fogón, de las ollas llenas, de la gritería y de la euforia. Son ellas, las que han vivido historias como la suya y las que no lo han hecho también.

Hay que agrandar el comedor para que quepan todas. Hay que traer más sillas y más mesas. También el parlante para que la música se escuche más fuerte, para que no falte el baile en esta fiesta de amor uterino.

La comida está finalmente lista, el aroma anticipa un festín como ningún otro. Ella comparte la mesa con todas y cada una la va amando en cada bocado. Ella está en cada una, en sus pensamientos y en sus miradas. Allí frente a ellas y también dentro de ellas.

La energía se va transformado, el calor de la estufa está ahora en la piel de cada una. Ella ya no está sola, cada una va tomando un poco de su dolor, de su historia, de su pasado. Ellas van recobrando la fuerza juntas, al mismo tiempo, al unísono.

El almuerzo termina, es hora del café y de hablar. Su corazón palpita, no sabe por dónde empezar, no sabe si podrá hablar de ello, nunca le ha sido fácil. Se pregunta si valdrá la pena, por qué volver a recordarlo. Para qué dejar que el sabor amargo de aquello que pasó, invada de nuevo su boca ahora cuando saborea los placeres culinarios de su tierra.

Lo que ella está aún por entender, es que ellas ya conocen parte de su historia, ellas la han sentido, la han vivido. Justo allí, en la francachela que esa tarde juntas han formado. Justo hoy, mientras ellas se unen a sus recuerdos, mientras ellas la ayudan a regresar a su hogar desde el destierro.

De pronto siente la solidaridad del útero, de la sangre que da vida, que acuna, que alimenta. Las palabras brotan como el agua, no es necesario decirlo todo, los detalles no hacen falta, la intuición en ellas lo sabe todo.

Hay lágrimas y también sonrisas, es un ritual de sanación que apenas empieza, que no terminará al final de la tarde, que se prolongará hasta que otras ocupen esa mesa. Ellas, todas, cargan el dolor de todas, no para perpetuarlo sino para curarlo, para convertirlo en fuerza vital para la siguiente que vendrá.


Photo by Ingrid Guyon – http://www.ingridguyon.com/

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