Mientras el polvo de estrellas nos ha bañado, nos ha invadido, nos ha acompañado, nos ha elevado, nos ha transformado, nos ha retado, nos ha dolido; nosotros ambos , transitamos del páramo (de aguas rebosantes y suelos fértiles, de vegetación densa habitada por tantos seres) camino hacia la tundra (de temperaturas heladas y secas, de vegetación escasa y dispersa, en donde la vida se convierte en soledad y lucha).

Y aunque ambos lugares cargan consigo una belleza extraordinaria y la lluvia de las estrellas igualmente los arropa y los mece, no quisiera que nuestras almas – ambas –, habitaran hoy – ni mañana –, la hostilidad de aquel lugar helado en donde cuesta tanto florecer, al que al parecer nos acercamos casi que desbocadamente.

Esta es entonces una invitación a detenernos antes de llegar a la tundra que sin querer nos llama. Una invitación a sentir este suelo en el que hoy ambos crecemos; porque dar la vuelta para regresar al páramo sería una expedición desatinada, una expedición a destiempo, una expedición vencida.

Es esta una invitación a sentir juntos , las lágrimas que hoy dejan escapar al alma dolorida, rota y rabiosa.