Martina y el caballero de sombrero de ala ancha

Noche fría de montaña, corredor de luz y de estrellas, escenario de un encuentro de dos personajes, que sentados frente a frente, no se sabían hijos del mismo vientre, caminantes del mismo camino.

——————————————————————————-

Martina – una pequeña de tez morena y largos cabellos negros – y un apuesto y alto caballero – de mirada profunda oculta en la sombra de un sombrero negro de ala ancha -, habían pasado largo rato en silencio, uno frente al otro, esperándola, viéndola desde la distancia, entre la familiaridad de la noche y la ajenidad del ritual.

Para alivianar la espera, el caballero se atrevió a decir:

La música de la dulzaina me gusta, los cantos del hombre con collares de colores llenan este paisaje nocturno, las chajchas suenan al son de sus pasos cortos y pausados y el aire se mueve con el vaivén del palo de lluvia, serenando el aire agitado por el encuentro de tantos mundos en este pequeño valle de montaña.

Martina meciéndose en la hamaca, agregó:

La bebida que tomó es oscura y emana de ella un aroma amargo que hasta aquí puedo sentir, lleva consigo la energía primera y ancestral. Hace tan sólo un rato ella inició el viaje a ese lugar profundo que ha aprendido a recorrer sola, sin que yo la acompañe. El fuego en la hoguera se intensifica cuando el Abuelo se acerca para alivianar su vuelo con hierbas y rezos.

Haciendo una larga pausa, Martina preguntó:

Me sorprende que no nos hubiésemos visto antes ¿Cómo llegaste a su vida?

El apuesto caballero, sin pensarlo ni un sólo segundo y como si el evento hubiese ocurrido la mañana de ese mismo día, respondió:

La conocí el día que nació, aunque supe de ella desde mucho antes. La he visto confundirme con ángeles y con guerreros, con lagos letárgicos y con tormentas eléctricas, con veneno que hiere y con antídoto que sana. He visto su forma mutar una y otra vez. Siempre ha tenido esa habilidad única para sentir mi presencia.

Martina, en cambio, hurgando en su memoria recordó con dificultad su primer encuentro.

Llegué a su vida cuando ella era apenas una niña. En aquel entonces Helena y su madre se habían mudado a aquel lugar remoto que yo habitaba. Desde entonces he estado a su lado.

El caballero pensativo, dio algunos pasos alrededor del lugar en donde se encontraban. El sombrero no le permitía ver a Martina la expresión en su rostro, pero suponía que por su mente pasaban todas las escenas de su pasado con Helena. Regresando a su asiento compartió con Martina su recuerdo más reciente.

Hace algún tiempo estuvimos en la selva, junto al gran río, viéndolo pasar con calma y también con fuerza. Por días tuvimos el privilegio de habitar el útero mismo de la tierra y en una noche como esta me dispuse a recordarle el motivo de mi presencia en su vida, pero no quiso escucharme. Le pidió al hombre con collares de colores que me ahuyentara y no volví a verla hasta hace poco, cuando a pesar del heladez que me acompaña se sentó a mi lado sin prender la chimenea.

Martina entonces recordó:

Helena me ha contado que cada vez que el remedio la acompaña, puede ver cómo justo antes del alba, los espíritus ancestrales forman sobre la maloca una corona de luces que se diluye sutilmente con el sol. Ella dice que son los Abuelos, que en el último aliento de la noche le ayudan a regresar de su viaje por el cosmos.

El caballero, percatándose de la incomodidad de Martina por el frío, se quitó su larga capa negra y con calidez y amor protector la ayudó a envolverse en ella. Gesto al que Martina respondió diciendo:

A pesar de que Helena nunca me ha hablado de ti, puedo sentir la inmensidad de tu amor por ella.

La mirada del caballero se perdió en el cielo y con dulzura se dirigió a Martina diciendo:

A pesar suyo he sido su compañero. Desde que era muy joven me recitaba poemas, nos encontrábamos en cada verso con exactitud plena.

Martina le pidió que recitara algunos. Petición a la que el caballero respondió solícito, exhibiendo una memoria impecable. Y mientras Helena danzaba con total entrega a los cantos del Taita, él se entregó igualmente a aquellos poemas cómplices de su amor por ella.

Martina absorta se dejó abrazar por cada palabra mientras sentía la presencia de la muerte entre sus versos.

Cuando el caballero regresó a su silla, la niña no pudo dejar de notar cómo sus ojos se habían embriagado de lágrimas, cómo si entonces, él hubiese comprendido la razón de aquel encuentro.

De pronto ambos se percataron de que Helena los miraba mientras caminaba hacia ellos. Y viéndola avanzar, el caballero se despidió de Martina:

Esta noche Helena descubrió su verdadero mundo, ya no me necesita. Es hora de partir mi pequeña Martina, niña de sus entrañas.

Martina, conmovida sólo pudo preguntar:

¿Y a dónde irás?

Él respondió:

La muerte es mi tarea y mi destino, nos veremos cuando el ocaso nos vuelva a reunir.

Helena miró a Martina sin siquiera interesarse por el apuesto y alto caballero de sombrero de ala ancha. Cargó a la niña, la abrazó como nunca lo había hecho antes, con tal amor que parecía que se fundieran en un solo ser.  Y caminó de regreso a la maloca.

——————————————————————————-

Noche de luz, noche de Yagé, noche fría de montaña.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s